El mercado internacional es el más difícil de recuperar tras un desastre —avisos de viaje, percepción de seguridad, ciclos de reserva largos— y es precisamente el que ya venía encareciéndose por la TRM. El segmento que en otra coyuntura habría amortiguado la caída doméstica llega debilitado. La sequía tiene un efecto favorable inmediato: menos lluvia sobre taludes desestabilizados acelera la habilitación vial. Pero sobre laderas removidas y vegetación seca el riesgo de incendio sube, y un acueducto averiado por el sismo enfrenta el estiaje con menos margen.

El dólar barato abarata el destino sustituto —playa internacional, sol garantizado— exactamente cuando la propuesta de valor local, el paisaje verde del eje cafetero, se degrada por la sequía. El diferencial de atractivo se amplía en ambos extremos a la vez. La cola del sismo, el pico de El Niño y la temporada de fin de año coinciden en la misma ventana de noviembre a enero. Un destino con caja debilitada desde agosto llega a su trimestre de mayor facturación con el producto degradado y el precio relativo en contra.

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